Flores Para Los Muertos

Flores Para Los Muertos

Texto de Concha Reviriego Almohalla publicado en Antropos  el 16 de Marzo de este año.

“Pero yo… sintiéndome ya hombre por lo cobarde, hacía lo que hacemos todos cuando somos mayores y presenciamos dolores e injusticias: no quería verlo.” La frase de un insigne escritor va que ni pintada para un pensamiento que hoy me ocupa: La negación de la evidencia, en especial, cuando ésta es dolorosa. Un ejemplo: La muerte. Cubrimos nuestros ojos con las manos, miramos hacia otro lado, no queremos “ni oír hablar” de ella.. Nos molesta. Nos aturde. Nos asusta. Negar la evidencia es práctica corriente; otro modo de escapar a la desgracia que nos aqueja se centra en transformarla en algo más aceptable. Cubrir la fealdad, con un maquillaje de belleza: ensalzar los altos valores del dolor y del sacrificio, hasta santificarlos. ¿Quién no ha reparado y pensado alguna vez en las flores de los cementerios?  ¿Quién no ha visto u oído en algún momento productos comerciales? Por ejemplo: la contemporánea serie de la televisión  estadounidense “Criando malvas”,  que se ríe de la gracia que tiene  morir y resucitar; pero ¡ay! si te pasas un pelín de lo establecido -que ahí también hay normas-. Nos escapamos. Nos escondemos. Jugamos con la muerte. Convertimos su imagen en disfraz de carnaval, fabricamos dulces y apetitosas comidas que deleitan nuestros paladares. “Flores para los muertos”, pregón de vendedores, título de canciones, dichos populares; frase tan conocida como extendida por la faz de la Tierra. Negamos la muerte. Tenemos filosofías que así lo explican, creencias a las que agarrarnos;  dogmas de fe. Explicaciones varias que, profusamente extendidas, ampliamente mantenidas y siempre transmitidas de generación en generación,  justifican la muerte física; pero nos convencen de que nosotros (nuestro yo verdadero) no muere; y lo creemos a pie juntillas; aunque de vez en cuando alguien lo ponga en duda, apostamos por la eternidad. Le  jugamos una partida al destino trazado con tanta frialdad, con tanta seguridad en sí mismo: Montamos fiestas para los muertos. Les dedicamos al menos un día al año en el que convertimos en jardines plagados de bellas y coloridas flores su espacio urbano y su aposento individual. Así lo hacemos año tras año, temporada tras temporada. Así vivimos los vivos que recordamos a los muertos. Así soportamos el dolor de su pérdida; así soportamos mejor la verdad que nos aterra. De este modo, negamos la existencia de lo desagradable a nuestros ojos, y vivimos aferrados a la vida; a una existencia que sentimos y queremos eterna. La flores llevan luz, vida, y calor humano a un lugar que, a falta de creencias, de  ritos y de símbolos que nos recuerden que la muerte no existe, nunca se habría creado. La dualidad oscuridad/ muerte queda sustituida por la dualidad luz/vida. No les olvidamos; se lo decimos  con nuestras palabras y con nuestras obras.  Actuamos como si ellos  gozasen junto a nosotros de las ofrendas que les dedicamos, con ese puñado  de amor simbolizado en unas flores, elegidas con  esmero, con una finalidad muy concreta: entregarlas a un ser amado; depositarlas sobre su tumba, el punto de la tierra, el espacio que utilizamos para estar más cerca de él.  Y así nos lo creemos, así nos consolamos y nos damos gusto a nosotros mismos.

Flores para la vida que se impone sobre la muerte, tan arrogante, tan segura de sí misma. La vida renovándose día a día,  seguirá… y seguirá… per saeculan. saeculorun. Amén.

mas vale morir